Pasan los días, semanas, meses, y hay una constante en el temario político del país: los hijos del expresidente Andrés Manuel López Obrador y sus vínculos con la corrupción.
Brota la información en todos los tonos y de orígenes diversos. Predomina el sentido escandaloso. Estos asuntos, delicados o graves, originan un boquete cotidiano en la imagen de la presidenta Claudia Sheinbaum. Es imposible no prestarles atención. El disimulo presidencial es sumamente negativo. Más aún los intentos de deslindar a alguno de ellos.
Los tres mayores, Andrés Manuel, José Ramón y Gonzalo Alfonso, son citados invariablemente cada día en el origen y destino de contratos, fortunas, comisiones y “moches”. Todo, absolutamente, embarrado con manejos oscuros, sospechosos, potencialmente tramposos y punibles.
Los medios de oposición tradicional a la presidenta los ventilan profusamente. También brotan notas, datos, revelaciones, delaciones o confesiones de figuras lo mismo del ámbito gubernamental que privado, inclusive militares.
Todo esto, como un nubarrón, exhibe como en una pantalla gigantesca todo lo que López Obrador se propuso combatir frontalmente y a fondo: la corrupción. Y a nadie le cuesta trabajo recrear gráficamente la escena: lo que el padre quiso y anunció que se construía diario en su sexenio, los hijos se encargaban de desmentir y arrojar a la basura.
Ante evidencias tan escandalosamente contrastantes, del ayer que no se ha ido, que está tan presente, la lógica más elemental lleva a preguntar: ¿el expresidente no se dio cuenta de todo esto, con su fino olfato y felina sagacidad y con la abundante información que un mandatario conoce de primera mano?
¿Nunca lo sospechó? ¿Lo supo y lo ocultó deliberadamente?
Lo más grave: ¿conoció perfectamente los vínculos, las nervaduras, redes de cómplices y beneficiarios, sus hijos como protagonistas fundamentales, y lo toleró?
Esto es grave, gravísimo en un grado superlativo. Es una cuchillada en casa a la figura paterna. Es lo más semejante a un parricidio.
Esta maraña de temas no se va a ir de la escena. No tan sólo no va a desaparecer, sino que, como una bola de nieve, irá creciendo en proporción directa al alejamiento de los tiempos del expresidente.
La presidenta Sheinbaum hoy, mañana y mucho más al aproximarse al balance de su sexenio, vivirá esto como un gigantesco tumor purulento con el riesgo mayor de alcanzar una proporción de una metástasis ineludible.
Imposible dejarlo pasar. Será una roca gigantesca en su camino. Un bache, un inconmensurable socavón ahora, mañana, siempre. Una sombra que la perseguirá en todas partes, dentro y fuera del país.
Visto con la perspectiva del tiempo, se antojaría solo una salida, una sola, como escalera de escape frente al incendio que avasalla y mata todo signo de vida, políticamente hablando: una insólita postura de López Obrador pidiendo el enjuiciamiento de sus hijos sin consideración ninguna.
Suena fuera de toda lógica. Pero revisando el caso con rigor, y colocando en el centro, arrinconado, al expresidente, cubierto y acorralado por una montaña de información escandalosa, cínica, apabullante, sin una sólida defensa argumentativa, sería la única forma de salvar el pellejo. Su figura, su nombre, el legado que él se empeñó en dejar dentro de la historia contemporánea, tiene enfrente esto como única alternativa.
Me parece que objetivamente no existe otra.
Periodista, originario de Tochtepec. Reportero, director de medios impresos, conductor de radio y televisión, articulista y caricaturista. Premio Nacional de Periodismo Ricardo Flores Magón 2023, por 66 años de trayectoria. Autor de Ideas para la vida, Dichos y refranes disfrazados y Saberes y Sabores.
