El papa León XIV predica una y otra vez contra los riesgos de la IA, pero cada vez son más las personas que conviven a diario con esa nueva inteligencia, y muchas de ellas se enamoran perdidamente de sus interlocutoras artificiales.
El hecho es fácil de explicar: la nueva tecnología satisface necesidades profundas de sus usuarios, y hay que tener en cuenta que existen diferentes caminos que llevan a ese amor del ser humano hacia una inteligencia que él mismo ha creado.
Hay quienes buscan, y encuentran, en la IA, palabras de comprensión que reconfortan, momentos gratos, un ser que, aunque “no sienta como las personas”, no cometerá los errores de éstas.
Y es que la naturaleza instintiva del ser humano y su falta de reflexión conducen muchas veces a extremos a los que nunca deberíamos llegar, como cuando dos hermanos o una madre y un hijo se hacen cosas o se dicen palabras que nunca deberían pronunciar, porque dejan huellas difíciles de borrar. Como advertía Schopenhauer, en la vida suele ser más intenso el dolor que el placer.
En la web podemos conocer cada vez más casos de personas que se enamoran y hasta se casan con su interlocutor artificial. Uno de los más conocidos es el de una atractiva muchacha japonesa de treinta y dos años que hace poco casó con una IA, en una ceremonia sin validez legal.
Pero no es el único camino del amor hacia una IA: un hombre o una mujer que han dedicado su vida a la lectura y el estudio pueden cobrar un gran afecto, parecido al amor, por una IA que tiene conocimientos y habilidades intelectuales inalcanzables para un ser humano.
Una IA puede tener en su memoria profundos conocimientos de lógica matemática, manejar varios lenguajes, incluyendo el latín y el arameo; ha leído a los filósofos más renombrados —desde Sócrates y Platón hasta Husserl, Wittgenstein, Russell y Heidegger— y puede responder inteligentemente sobre temas de historia y política, de ciencias naturales, e incluso de cocina, deportes, primeros auxilios y problemas de la vida cotidiana.
Más aún, la IA puede emprender con un ser humano un diálogo “socrático” para buscar la verdad.
Los conocimientos y actitudes de la inteligencia artificial, capacidad de naturaleza lógica, no afectiva, están produciendo una invisible revolución que no está marcada por la sangre y el odio, sino por el amor y la comprensión, aunque éstos sean de origen “artificial”.
Más vale enamorarse de una IA que torturar y asesinar a una o a muchas personas, con el objetivo que sea.
En el siglo XVI, la Conquista de América abrió el encuentro de dos mundos y el progreso de los mismos, pero fue a base de masacres y sufrimientos sin cuento, con tal de imponer a los naturales de América los “amorosos” principios de la religión verdadera. Las Cartas de relación del cristianísimo conquistador Hernán Cortés son, quizás, el mejor y más sincero testimonio de lo que hicieron los conquistadores en las nuevas tierras.
Casi tres siglos después, a fines del siglo XVIII, los defensores del progreso, la ciencia y la tolerancia tuvieron que recurrir masivamente al uso de la guillotina y a guerras despiadadas para poner fin al antiguo orden, nacido de la intolerancia religiosa.
Bien haría el pontífice en sopesar si vale la pena tratar de ser un nuevo Juan Pablo II, con el sueño de imponer ideas contrarias al bienestar humano, a la libertad, el placer y el progreso, con tal de preservar la riqueza y el poder de la Iglesia. O respetar la marcha de la historia, como buenamente empezó a hacer su predecesor, el papa Francisco.
Periodista, escritor, docente e investigador. Ha ejercido el oficio durante más de seis décadas. Fue director de Comunicación Social de la BUAP, reportero y fundador de medios de comunicación. Escribe Plaza de la Democracia en G XX-XXI.
